FERNANDO SORRENTINO  

 

    Con la de palo

Fernando Sorrentino

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El doctor Arturo Frondizi y yo éramos altos y flacos. En ese entonces, él entraba en su segundo año como presidente de la nación y yo cursaba el cuarto del bachillerato en el colegio situado en El Salvador y Humboldt, de la ciudad de Buenos Aires.
Más de una vez me visitó, por esas rarezas de la mente humana, este pensamiento: "Yo conozco la existencia de Frondizi pero él desconoce la mía".
El barrio del colegio era también mi barrio y yo lo conocía muy bien.
En el tramo final de la calle Costa Rica, es decir unos metros antes de llegar a Dorrego, se encontraba un taller mecánico de automóviles. Al mecánico en cuestión yo solía verlo en la vereda del taller, a veces de pie, a veces horizontal debajo de un auto, pero siempre enfundado en un overol azul con lamparones de grasa. Lo cierto es que no podía pasar inadvertido: sus casi dos metros de estatura y su fisonomía de pedestal me hacían calcular su peso en no menos de ciento veinte kilos. Además, algo tenía de los atributos del sol: rostro rojizo y redondo, ojos de un celeste diáfano, y cabellos rubios tan pero tan claros, que parecían casi blancos. Andaría por los treinta años de edad.

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FOTO PABLO SEIJAS 1

 

   Hasta que la muerte nos separe

Pablo Seijas

 

 

No. No te asustes tesoro. Yo no estoy aquí. Aunque sientas ese frío sobre la nuca que te paraliza e inclines la cabeza sobre el libro y aprietes los ojos para no mirar, no estoy, y es inevitable que todos, pero todos sin excepción, lo crean. No hace falta que llames a alguien para que venga a comprobarlo, no me vieron llegar y tampoco me verán si vienen. Desengañate, que me estés escuchando con esa cara de susto no quiere decir nada bichito, porque nadie me oyó entrar, ni me oirá, ni me oye. Hacé de cuenta que vine descalza, en puntas de pie. Siempre te gustaron mis pies, no vas a decirme que no, entendés a qué me refiero. Más silenciosa imposible te lo juro, un rumor hubiese hecho más ruido. Vos sabés que siempre fui discreta pero ni te imaginás lo fácil que es ahora. No, no te levantes. ¿Pero qué hacés?, ¿estás sacado?, ¿en serio pensás que esto se soluciona con salir corriendo por la puerta? Pobre iluso.Si no es hoy, será mañana u otro día.

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