Microrrelatos de Ernesto Simón.

 

Ernesto Simón

 

Pesebre
Año 2129: el mundo es un caos. Dios decide pedirle explicaciones al Papa. Lo manda a buscar. Lo encuentra. Una vez que lo tiene enfrente, le pregunta: ¿Qué está pasando? ¿Qué nos pasó? Veo que el mundo se nos fue de las manos. El Sumo Pontífice se toma unos segundos y le dice que no está claro qué es lo que sucede en la Tierra. Supongo que la ambición del hombre, sumado al predominio irreversible del Mal, están prefigurando un escenario que no habíamos contemplado. Dios se queda callado. Lo mira. Espera. Señor, dice el hombre, predicamos por doquier la palabra que nos dejó tu Hijo, edificamos un templo en cada pueblo o gran ciudad y fuimos fieles a tu mandato. ¿Qué falló? Ahora Dios lo mira extrañado. Frunce el ceño. Pregunta: ¿Una iglesia en cada pueblo?, ¿una sucursal de mi morada en cada ciudad, por pequeña o grande que sea? Sí mi señor, tal como lo dices. Dios hace silencio de nuevo. Pierde la mirada en el horizonte difuso. Suspira con nostalgia. Y dice: Quién iba a imaginarlo, si empezamos apenas con un pesebre.

 

La sombra
Cansado de presidentes que rifan el país, o de estos otros que bajo el disfraz de patriotas se sientan a la mesa del Imperio, Luciano ya no supo en quién creer. Ha subido al techo de su casa. Desde aquí todo se ve más claro, piensa. El sol pega fuerte y su sombra es nítida. ¿Qué camino debo seguir?, le consulta. Y pasan las horas. Mientras conversan, él se mueve para todos lados. Camina. Va, viene. Pero su sombra se ha mantenido apuntando siempre en la misma dirección. Luciano se pregunta si será ésta una nueva lección que le ha dejado esa cosa difusa y oscura a la que todos llamamos sombra.

 

La costura del tiempo
En el año 2666 comenzó a rajarse la costura del tiempo. Desde entonces, la historia del mundo se dividió en dos versiones. Las letras se escribieron duplicadas. Todo se supo de dos maneras. El espejo se convirtió en matriz ineludible. Hubo un lado y hubo otro. Cuentan que los hombres nunca supieron de la misteriosa costura que Dios no había terminado de unir. Un trabajo mal hecho y la fatiga inesperada del Todopoderoso contribuyeron al malogrado final. La humanidad quedó condenada a conocer una sola de las dos versiones que cifran la historia.

 

Jesús vuelve
Hora cero: Jesús entra a un bar de Manchester. Viste pantalón de yin, camisa negra, campera de cuero y unos borcegos de suela alta. Lleva lentes oscuros, a pesar de ser noche, para que nadie lo reconozca. Su pelo largo y su barba descuidada no dicen mucho más.
Cero y treinta: Jesús pide un vodka con jugo de naranja y hielo. Bebe. Mira. Se asombra.
Una y cinco: Unos chicos esquinjeds, la cabeza rasurada y tachas por todas partes, le buscan la roña. Lo insultan. Uno lo escupe. Otro lo empuja contra la barra.
Una y catorce: Jesús se quita los anteojos. Los mira con furia. Levanta sus ojos al cielo y grita: Perdónalos señor, no saben lo que hacen. Los muchachos se ríen. Ordenan una jarra de cerveza que pronto pasa de mano en mano. Lo rodean. Soy Jesús, el Hijo de Dios, les grita aterrado. He vuelto a la tierra para salvarlos. Su voz no tiembla, sus piernas sí. No eres más que un vagabundo que busca nuestro favor, dice uno. El otro lo acusa de pobre infeliz, desgraciado indefenso y le pega una patada que da justo entre sus piernas. Jesús cae. La música aturde. Parece un corazón gigante que entró en taquicardia. La cerveza sigue su recorrido por el círculo de esquinjeds que lo rodea. Uno de ellos saca una navaja, se pone en cuclillas y la clava. Jesús se retuerce. El de la navaja hace un corto recorrido con su mano. Ahora le raja todo el vientre. Ríen. Toman. Patean. Música. Luces que se encienden y se apagan.
Una y treinta: Todo sigue igual. Esta vez no hizo falta cruz. No hubo Calvario. Magdalena ni se vio.

 

 

77 historias foto libro chica 1

 

 

Las historias de Ernesto Simón son sueños redondos. Tal cosa se me representa como la consagración de un hombre que logra escribir liberado de hacer diferencias entre el vuelo infantil, delirante, de los sueños, y la vida formal, conservadora del downtown sanjuanino. Hijo, como todos los de su generación, del enciclopedismo francés, Simón retiene en su prosa la cultura universal y la suaviza con el paganismo de los cerros. Sus textos, lo quiero decir, son trucos de magia de tres minutos y, como en las pruebas de René Lavand, no se puede hacer más lento el procedimiento. La prosa certera, económica, al servicio del absoluto de la vida, la muerte, los miedos y el infierno de haber sido, condensa rápidamente, como un ilusionista, la atención del lector con la vocación gratificadora del artista que da de sí, cuando tiene ganas, el destilado de su vida completa, la del propio artista -con su recorrido, su camino- y la del hombre detrás del artista -que trabaja, pena, se reproduce y se prepara para el día de mañana- que necesita comprar las horas que hacen falta para cumplir el delirio de escribir y hacer temblar.
Simón vio luz y subió los Andes, un escritor hace lo que quiere.

 

Esteban Schmidt

 

Biografía de autor
Ernesto Simón nació en San Juan, Argentina, en 1969. Es periodista y escritor. Ha conducido ciclos de radio y ha escrito en diferentes medios gráficos. Ha colaborado con notas para la revista Rumbos, que se edita en los diarios dominicales de casi todas las provincias del país. Ha publicado cuentos en diarios de distintas provincias argentinas, incluidos diario Uno de Mendoza y diario Perfil de Buenos Aires. Escribió artículos para revistas y diarios de San Juan, Mendoza y Buenos Aires. En 2010 escribió la obra de teatro Todos dicen algo, que se estrenó en el Festival Nacional de Teatro por la Memoria. Ha sido columnista de cultura y espectáculos en programas de televisión abierta. Escribe sobre música, autores y bandas en la revista Pensar Musical. En el año 2013 publicó el libro de microficciones 77 historias (Milena Caserola) y en 2015 publicó el libro de cuentos Argentinos por nada (Wu Wei). Actualmente sigue escribiendo para diario Perfil (Buenos Aires), MDZ (Mendoza), El Federal (La Rioja) y El País Diario (San Juan).

 

 

 

ACERCA DE CÓRDOBA BREVE Y SU LLUVIA DE MICROS

 

Luis Héctor Gerbaldo

 

 

CORDOBA BREVE

 

En nuestro afán de dar a conocer el cuento breve como género en el ámbito literario de Córdoba, CORDOBA BREVE decidió concluir las actividades del año 2016 con los que dimos a llamar una "Lluvia de micros", jugando con la realidad meteorológica que nos marcó los días de diciembre en la provincia. Siempre nuestras convocatorias son una excusa para animar a escritores locales que compartan espacio con autores reconocidos del país. Dijeron presente Daniel Frini, Celina Aste, Mariángeles Abelli Bonardi, entre otros. Fueron treinta y siete los textos, de otros tantos autores. Aquí seleccionamos siete microcuentos de autores cordobeses que buscan su reconocimiento.

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MICRORRELATOS DE LUIS HÉCTOR GERBALDO 

Selección de Mariano Cuevas 

foto luis

 NATALIA Y EL SOLDADO

Rígido estaba su corazón al verla. La Princesita Natalia Dogolof, con sus ojos bailarines, escrutaba el salón buscándolo, él lo sabía. Quería gritarle. ¡Aquí estoy! Pero de sus labios no escapaba sonido. Para que reparara en su presencia hacía relucir su capote, erguía la plúmula de su casco de húsar. Todo en él es vibración. Loco está de amor por ella desde el momento que sintió la suavidad de sus manos. Firme en su posición, sentía como tintineaba su sable al compás de los giros alegres de la blanca falda, que con tanta gracia hacía volar la princesita Natalia. Si ella era feliz, él era más. Si ella reía, su risa lo elevaba a los cielos. Pero que no viera brotar lágrima alguna, que no sintiera su sollozo, su interior no lo soportaría, sería un solo crujir de su corazón. Sin duda, encontraría las fuerzas necesarias para desenvainar su espada y cargar contra el infame que provoque semejante pecado.

Todo en él es amor por ella. De pronto al ver que se acercaba, escuchó el grito.
─ ¡Princesita! No es juego de niñas los soldaditos de plomo. ¿Cuántas veces debo decírselo?─ Reprendió mademoiselle Cécile, su institutriz.

LOS DOMINGOS A LA MISMA HORA

Frente a un pequeño espejo, aplica un delineado fino alrededor de sus ojos. Peina sus pestañas. Eleva sus pómulos con mezcla de rojos. Debe ser un maquillaje austero, pero que resalte su belleza. Usa el mejor conjunto de soutien y culotte para éste día. Luego una falda lisa combinada con alguna blusa. No debe llamar la atención de su guardián. En la canasta, la vianda para calmar el apetito después del amor. Ritual repetido durante años, cada domingo a la misma hora, prestos a robar un poco de intimidad y pasión a la realidad que los separa. No hay renuncia de ninguno de los dos que pueda obsequiarles una vida juntos, solo queda el camino de la espera. El amor debe persistir cuando llegue el momento. Eso justifica la repetición dominical. Marina y Nahuel quedan con su abuela, cómplice que cuida sus hijos, sabedora de éstas citas de amor. Pero los niños crecen día a día, no será fácil ocultarles la verdad. Al bajar del bus, camina con paso seguro las pocas cuadras que distan de la penitenciaria.

ENLIL, SEÑOR DEL AIRE

Miró desolado las ruinas de Nippur. Volvió la vista y enfrentó la ira de Enlil.

─ Puedes culparme, Señor del Aire. Soy responsable por ellos.
─ Imbécil ¿No podías detenerlos? En sólo unos siglos envenenaron todo.
El castigo era la muerte. Como Señor de todos los Países, Enkukur era culpable.
─ Enlil. Ejecuta tu sentencia. Descarga tu espada huracanada sobre mí.
El Señor del Aire crispó su mano en el pomo de la espada. Detrás del gran monte Kurgal, emergía humo negro de las refinerías incendiadas. Basora estaba en llamas.

A RESGUARDO

Agustín escribe. Su brazo, a modo de hoz, rodea la hoja blanca. Ya dejó caer la cabeza en su hombro. Todo él transformado en público del bolígrafo que descarga palabras azules. Una tras otra fluyen sin cesar. Puede verse en su rostro cómo generan imágenes, situaciones que le llegan a preocupar; estrecha sus cejas, siente la desazón de los personajes. Se detiene por momentos, mira al vacío, ve lo que nosotros no vemos, escucha ése dialogo que luego podremos leer, quizás. Vuelve el bolígrafo a descargar su tinta en letras sentidas. Está solo entre todos. No escucha los comentarios de sus amigos, ni el ruido del ambiente, resguarda su hoja con el brazo para que la realidad no la contamine. De pronto se yergue, sonríe a su alrededor, y vuelve a zambullirse en esa mar de letras, que otra vez lo lleva de aquí para allá, hasta que parece transformarse en un escultor, quita un poco de masa, agrega donde le falta. Separa la hoja de su vista, ve todo a la vez, comprueba que el conjunto sea de su agrado, y con una enorme sonrisa, entrega la hoja a su maestra.

Agustín escribe, crea, deja su imaginación fluir sin miedo, todavía está a salvo de nosotros, todavía está a resguardo del mundo. Él y su bolígrafo.

ELLA EN EL ESPEJO

Cuando entré, ella estaba sentada en una de las mesas. Dejé el cuaderno al lado del servilletero y me senté de espaldas al bar, de frente al espejo que disfrazaba la pared. Pedí un té al momento que abría el cuaderno, preparé la lapicera. La realidad duplicada se extendía profundo, y en un rincón, ella. Toqué su presencia con la mirada, era especial, ese tipo de mujer que solo conocí una o dos veces en la vida, que me hacen sentir inferior, o mejor, inmaduro frente a la enorme personalidad que emiten. Dejó la copa de vino, y mientras recargaba su cabello detrás de la oreja, me miró preguntando si me molestaba la copa de vino. No, la verdad es que no me molesta, me resulta extraño verme frente a una taza de té y vos con un borgoña. Vamos a caminar, me hace falta. En otro momento, quizás, mi timidez me hubiera obligado a rechazar la invitación, pero ya estoy viejo para eso, ¿qué miedo podríamos tenernos? Caminamos en silencio, ella con su cabeza apenas inclinada, el cabello ocultándole a medias el rostro. Podía ver una pequeña mueca que hacía de sonrisa. No puedo imaginar porqué estás así. ¿Así cómo? Triste, callada. No puedes. ¿Por qué no? ¿Qué me hace distinta? Tenía mil razones para revocar esa afirmación, pero ninguna que le sirviera, creo. No sé si puedo ayudarte, solo tengo mi presencia que es bien poco. Se detuvo, nos miramos, y sin pacto previo simplemente nos abrazamos. Momento suave, protector, necesario. Gracias, lo necesitaba. Volvimos a nuestras mesas, se despidió con una mirada brillante de humedad. Escribí las últimas palabras en mi cuaderno. Salí del bar obligándome a no mirarla.

Los textos fueron seleccionados por Mariano Cuevas desde una serie que, gentilmente, nos envió el autor.

Luis Gerbaldo por él mismo

Mi nombre es Luis Héctor Gerbaldo, tengo 58 años. Nací y vivo en Córdoba, escribo desde joven, aunque relegando ésta actividad frente a las obligaciones laborales. En el verano del año 2006 se publica en el diario local Hoy dia córdoba un cuento de mi autoría en página central. Desde allí las publicaciones se sucedieron en continuidad, revistas electrónicas, publicaciones papel; la CIINOE me otorga en el año 2008 el Premio Internacional Especial en la categoría Monólogo teatralizado hiperbreve; luego se publican textos míos en la Antología bilingüe español – italiano Buena letra; textos temáticos, en formato bilingüe español – inglés son publicados en la revista Minatura; realizo la tarea de compilador en la publicación colectiva La cerradita; fui distinguido en algunos concursos motorizados por editoriales. El año 2016 debí concentrarme en dos actividades: la presentación y difusión de La cerradita; la formación del grupo Córdoba Breve, con la organización de la primera mesa de lectura de microcuentos, evento que superó las fronteras de la provincia. Desde hace cinco años coordino el taller de escritura creativa, dictado en Calicanto Casa de Arte.

 

 

TEXTOS DE GUILLERMO SAMPERIO

 

 Guillermo Samperio 2

 

La cola

 Esa noche de estreno, fuera del cine, a partir de la taquilla la gente ha ido formando una fila desordenada que desciende las escalinatas y se alarga sobre la acera, junto a la pared, pasa frente al puesto de dulces y el de revistas y periódicos extensa culebra de mil cabezas, víbora ondulante de colores diversos vestida de suéteres y chamarras, nauyaca inquieta que se contorsiona a lo largo de la calle y da vuelta en la esquina, boa enorme que mueve su cuerpo ansioso azotando la banqueta, invadiendo la calle, enrollada a los automóviles, interrumpiendo el tráfico, trepando por el muro, sobre las cornisas, adelgazándose en el aire, su cola de cascabel introduciéndose por una ventana del segundo piso, a espaldas de una mujer linda, que toma un café melancólico ante una mesa redonda, mujer que escucha solitaria el rumor del gentío en la calle y percibe un fino cascabeleo que rompe de pronto su aire de pesadumbre, lo abrillanta y le ayuda a cobrar una débil luz de alegría, recuerda entonces aquellos días de felicidad y de amor, de sensualidad nocturna y manos sobre su cuerpo firme y bien formado, abre paulatinamente las piernas, se acaricia el pubis que ya está húmedo, se quita lentamente las pantimedias, la pantaleta, y permite que la punta de la cola, enredada en una pata de la silla y erecta bajo la mesa, la posea.

Sólo sentía ruidos

Janet trajo el ruido intenso en la cabeza durante 4 años. Esto le vino 2 años antes de que rompiera con Robert, con quien duró 8, luego de que salieron de la universidad. Visitó médicos diversos pero ninguno le quitó el ruido. Salió con varios prospectos, simpáticos e inteligentes, además de guapos. Y supo que no eran los hombres, sino la familia, esta maldita Nueva York, los comercios y el país completo. Odiaba Kansas City, de donde provenían los abuelos. El ruido se le fue al cuello, a brazos y cuerpo. Veía pero no miraba. Oía pero sólo ruido. Sentía, en rigor, sólo ruidos. Ya no escuchaba el exterior. Alguien era capaz de tocarle el cuerpo, pero era como medir la ausencia. Sentía sólo ruidos. Las máquinas estaban ya dentro de Janet. Trabajaba en el piso 36 del Empire Estate. En ocasiones había tenido frente a sí algunas nubes pequeñas y le gustaban. Abrió la ventana, se asomó y se aventó con calma. Nunca había sentido el viento tan grato. Su cara, bocarriba, se veía serena y el auto negro 1950 destrozado. Hasta la falda le llegaba un poco arriba de las rodillas, como si hubiera salido de paseo.

Fumar o no fumar

estoy desesperanzado como la tubería de agua seca y como el clavo oxidado en mi clavícula y como el racimo de uvas sin uvas y como la loca que recuperó la cordura después de 40 años y murió sin subirse al metrobús y como la llanta nueva que nadie compró y como mi abuela que murió de enfisema pulmonar sin haber fumado y como mi tío que siempre fumó y nunca murió y como mi abuelo que nunca fumó y siempre fumó y como yo que fumo de más de cinco marcas y mi cabellera blancuzca esté pintada entre rojiza y oro y ya me he gastado siete vidas de las nueve que me tocan pero supongo que soy tan afortunado como mi tío que siempre fumó y nunca se murió y esto me indica que los caminos de las herencias son tan intricados como la ciencia de la genética misma la cual a veces le atina y luego no.

El pitcher

El pitcher se acuesta temprano en su cama y duerme. Al día siguiente tiene que lanzar un partido decisivo para su equipo; el descanso le viene bien. Le surge un sueño en el que vuela, muy parecido a los que tienen la mayoría de las personas: pasa entre las nubes, ve pequeña la ciudad, de pronto baja planeando y aterriza en una azotea. La única diferencia es que la azotea tiene un helipuerto. De súbito, baja un helicóptero que lleva unas cruces rojas a los lados. Hombres de blanco trasladan en una camilla el cuerpo de una mujer. El lanzador se da cuenta de que es un cuerpo femenino por la cabellera roja y un pie blanco, casi perfecto, como de ángel femenino, al que se le notan las uñas nacaradas.

En la mañana, despierta con la sensación de un estupendo descanso. Escucha un ave desde el jardincito. Se lleva los brazos hacia la nuca y se da cuenta de que el derecho, el de los célebres straiks, ha desaparecido: alguien se lo tronchó durante la noche. La manga de la pijama café claro cae flácida sobre la almohada. Con la mano izquierda se toca un muñón que, al tacto, lo siente redondo y plenamente cicatrizado. Incluso tiene la sensación de que el brazo derecho ahí está pero no hay nada. En tanto se soba la redondez del muñón, recuerda el sueño y supone que está internado en el hospital, pero no hay duda de que es su casa de divorciado. Ahí está la foto del pitcher más famoso en el mundo, a un lado del espejo.

No sabe qué hacer y se levanta de cualquier manera. Ni siquiera se lo ocurre bañarse. Sale hacia la ciudad a recorrerla en su vehículo automático, lo hace con dificultad porque maneja con el brazo izquierdo; por el retrovisor descubre que no se puso la gorra de su equipo. No hubiera estado mal: a lo mejor me hubiera reaparecido el brazo. Sale hacia la carretera, las casas van desapareciendo hasta que los árboles dominan el panorama. Se detiene en el terraplén: mira hacia unos montes de un verde limón intenso. Detrás de las lomas navegan nubes semejantes a las de su sueño: moradas con bordes violetas, seguidas de dos gordas nubes grises. Del vientre de las primeras sale una parvada de halcones y ya no le sorprende la semejanza. De un momento a otro despertaré e iré a lanzar las mejores pelotas, las que le darán el campeonato a mi equipo.

Regresa a la ciudad, entra en su casa y ve la cama deshecha. Llama por teléfono a su hijo y su exmujer le dice, en tono grosero como de costumbre, que el muchacho ya salió hacia el estadio; que lo estuvo llamando. El jugador se siente asustado, destruido, impávido, desértico. Sin claridad alguna de lo que sucedió en la noche anterior, o en la que todavía está dormido, va hacia el ropero. Al fin toma su gorra y se la pone, carga su mochila que trae sus spikes y su traje de beisbolista. El día anterior dejó dentro el ojo de venado que le da suerte y lo encuentra con todo y su cadena de plata; lo sopesa con la mano izquierda y se lo cuelga en el cuello. Sale de nuevo, el auto va con lentitud y las lágrimas en el borde del párpado inferior se insinúan en los ojos del pitcher. Anhela que alguna forma de sortilegio le regrese el brazo.

Mientras tanto, la gente del equipo lo busca por cielo, tierra y mar, sin resultados. La hora del partido se acerca inexorablemente y el jugador enfila hacia el estadio. Dirige su carro hacia la entrada de los jugadores, pero se sigue de frente, pues su brazo sigue extraviado. Estaciona el auto y compra un boleto de reventa. Entra por la puerta E14 y se sienta en una butaca de las más distantes al dogout.

Mientras ve el partido y va presenciando la paulatina paliza que le van dando a su equipo y que el couch mete y saca pitcheres suplentes, al fin comienza a llorar desordenadamente. Se sacude los mocos con la manga de la camisa vacía, manipulándola con la única mano. Antes de terminar el juego, los partidarios de su equipo se van yendo. La gritería y la burla de la porra de del otro equipo lo hunde todavía más en su ya solitaria butaca. El juego termina y jugadores y gente lo abandonan. El pitcher sin brazo derecho se queda solo en el gran estadio. Fallece la tarde hacia un negro poroso, robusto, atribulado. Se apagan las luces. Voltea hacia el cielo donde no se distingue nada. De pronto, escucha un distante chillido como el de los halcones. La oscuridad más prieta cobija al pitcher.

Nota: Los textos fueron seleccionados por Verónica Sotelo quien los rescató de diversas páginas web.

La imagen que ilustra la presente nota fue tomada del sitio Web http://www.sexenio.com.mx/hidalgo/articulo.php?id=10000

 

 

     BREVE APUNTE SOBRE GUILLERMO SAMPERIO

José Manuel Ortiz Soto*

Samperio, a pesar de que parece vivir dentro de este mundo, narra sus historias como si formara parte de otro mundo, un mundo distante, oblicuo, enrarecido e irónico.

                                                                                  Hernán Laza Zavala

 

Guillermo Samperio 

 

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MICRORRELATOS INÉDITOS DE ADRIANA DEL VITTO

  

ADRIANA DEL VITTO

 

 De otro pozo

Habiendo muerto el rey y, ante la insistencia de su madre, la princesa salió a buscar un sapo. Tal como mandaban los cuentos, lo besó y lo convirtió en príncipe.
Tuvieron un principito y una princesa, la más bella que alguien pudo haber imaginado alguna vez. Sin embargo, no fueron felices ni comieron perdices.
El imperfecto beso inicial había dejado la metamorfosis incompleta y la rugosidad de la piel se fue haciendo cada vez más evidente en el rey, quien con su lengua devoraba cuanta presa estaba a su alcance en insaciable hambre de resentimientos.
Un día la princesa, convertida ahora en reina madre, descubrió que sus hijos comenzaban a teñirse paulatinamente de un color verduzco al tiempo que los genes batracios se plasmaban en desagradables verrugas.
Rompiendo entonces el final feliz de su cuento, a costa de todos los dolores, las miradas y las lenguas, se armó de valor y saltó del pozo.

 

Disparos

Sin comprender por qué, ambos habían apuntado al otro. No tuvieron piedad. Nadie supo jamás quién había apretado el gatillo primero. De última, no importaba el orden, sino los resultados.
Ahora, los dos son el tema preferido de las charlas con sordina de los vividores de historias ajenas. A ellos no les importa demasiado que los devoren las palabras de los otros y siguen adelante con sus sueños.
Además de sus vidas, comparten la creencia que alguna vez escucharon de boca de sus ancestros: dicen que el disparo de una cámara sobre una persona permite que el fotógrafo se adueñe de su alma.
Por eso no les gustan las fotos. En su casa, sólo conservan aquellas dos que, sin saberlo hasta mucho después, se sacaron mutuamente.

 

Umbilical

Te dije que odiaba a los médicos. No me escuchaste. Como siempre.

Ella lucía esa sonrisa irrepetible en el rostro rebosante de estrellas, como ocurre en cada especie cuando el cascarón finalmente se agrieta y deja pasar la luz primera por entre las rendijas y ese ser único -y a la vez dramático- se refleja en cada rayo de sol.
Pero vos no me escuchas. Tendría que haberme acostumbrado.
Ahora estoy sentada en el consultorio para que alguien me explique por qué me creció esta horrible tripa que se extiende por más de 500 kilómetros. Justo hasta donde ella está, escribiendo su propia historia.

 

Payaso

Mi nombre siempre estuvo asociado a los laureles. Por eso, quizás, siento que puedo superar cualquier empresa. El día que salí a perseguirte por el océano, a pesar de mi falta de memoria a corto plazo, supe que el triunfo me iba a acompañar... "Ésa es mi Doris", diría mamá.
Pero vos, además de ser un payaso, fuiste un desagradecido. Que te quede bien claro: si no fuera por mí, jamás habrías encontrado a Nemo. Hoy todos te conocen como "el padre de...". Qué orgullo, papito. Ni una palabra para mí, ni un gesto.
Por eso mi vieja me decía: "Los peces no vuelan, Doris, buscate un pájaro".

 
Preferencias

Tontas. Todas. Totalmente. La de la caperuza se creyó todo lo que le mintieron, la mamá mandona, el lobo feroz, el lobo travesti, todos...
La blanca como la nieve, los engaños del cazador para alejarla del palacio, las palabras de la madrastra convertida en pordiosera que casi la mató...
La de cenizas, las fantasías del hada, del zapallo, la carroza, los ratones, los cocheros, el vestido... ¡el zapatito!
Por eso decidí alejarme de los cuentos maravillosos... me quedo con la señora Christie, porque en sus páginas siempre gana la lógica. Como en la vida. Casi...

 

Parricidio

Nunca me gustó el psicoanálisis. Sujetos incompletos, objetos que se caen, otros con minúscula, Otro con mayúscula, discurso y discursos, deseo, goce, lazo... "hay que matar al padre"...
Anoche llegué más temprano que nunca y lo encontré ahí, tirado en medio de las botellas empezadas. No pensé demasiado. Le partí una en la cabeza y me fui a dormir.
Ahora estoy en el móvil, les hablo de Freud y de Lacan. Ninguno me entiende. Me miran raro y me dicen que voy a envejecer tras las rejas.

 

Transgénicos

Lo primero que abandonó fue el pollo. Decía que las hormonas la trastornaban. Cuando se enteró del feetloft se alejó para siempre del asado, los bifes de chorizo y hasta las carteras y los zapatos de cuero.
Nunca militó, pero dejó la soja, el trigo, el maíz... No compraba ni frutas ni verduras perfectas, porque seguramente habían sido modificadas en su desarrollo...
Poco a poco se apartó de los amigos... el café la excitaba, el té la estreñía, la coca era un veneno...
La encontraron inerme en su cama... pequeña, frágil, consumida por su propio organismo, muerta de hambre.

 

Adriana Del Vitto nació en Santiago del Estero. Es profesora de Castellano, literatura y latín, Licenciada en Letras, Especialista en Lectura, escritura y educación; Diplomada en psicoanálisis y prácticas socioeducativas, Magister en literatura para niños y jóvenes.
Ha ejercido la docencia en todos los niveles de la educación. Durante 13 años trabajó en el diario El Liberal como jefe de Corrección, encargada de la página cultural y editorialista. Recibió el premio de la Asociación de Periodistas Argentinos por su contribución a la educación desde el periodismo. Fue distinguida como Mujer destacada en el rubro letras por el Consejo Deliberante de la Capital santiagueña y por la CTA filial local. Ha sido consultora de la Unesco para el Ministerio de Educación de la Nación desde 2009 hasta mayo de 2016. Recibió numerosos premios por sus trabajos literarios. Ha publicado los poemarios Distancias, El fuego de mis juegos y Septiembre no me gusta, y el libro de cuentos Sexto Sentido.

 

 

LA VIE EN BREF (La vida en breves)

 


Por Mariano Cuevas*
Especial para Tardes Amarillas

LA VIE EN BREF
La vida en breves (Microrrelatos)
Edición bilingüe Castellano - Francés
Traducciones de: Silvia Martínez Aráoz y Mariana Castillo (Universidad Nacional de Tucumán)
Collection La fourmi écrivain Colección La hormiga escritora La aguja de Buffon ediciones (Tucumán – 2016)

 

La vida en breves

 

Quiero comenzar esta reseña con dos conceptos que me parecen más que importantes. El primero es que (aunque sé que no digo nada nuevo) en este mundo globalizado, la literatura se ha visto subvertida por nuevas formas de lecto-escritura. En este territorio relacionado con la literatura, uno de los acontecimientos más significativos es el boom que ha despertado el microrrelato.
Texto mínimo, pero difícil de construir, el microrrelato exige un lector capaz de descifrar aquello que no está dicho para poder interpretar el mensaje. Un lector que pueda reaccionar a esos pocos estímulos y darles una correcta apreciación. Sin la correspondiente complicidad entre lector y escritor, el texto pierde su razón de ser. Por su capacidad de generar complacencia casi instantánea cuando leemos, la minificción se ha ganado un lugar como género literario del tercer milenio.

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