PERÓN Y LA CULTURA 

Vivimos en un mundo globalizado en el cada día más se trastocan los valores y sentidos de la cultura como una entidad. En el caso de Argentina, si bien es cierto, las urgencias cotidianas nos van cambiando el eje de la discusión sobre el modelo de país que queremos, no podemos dejar de lado la cultura como elemento de cohesión y de transformación de la realidad. En este sentido, debido a que en Tardes Amarillas se ha dado espacio a escritores y pensadores de izquierda y de derecha, sin discriminación de ninguna naturaleza, hemos considerado conveniente reproducir este texto del General Juan Domingo Perón cuando puso a disposición del pueblo argentino el "Proyecto Argentino para el Modelo Nacional" en el año 1974 y que según, diferentes pensadores no ha perdido vigencia. Es el capítulo referido específicamente a la cultura.

 MODELO ARGENTINO PARA EL PROYECTO NACIONAL

La cultura

«Si nuestra sociedad desea preservar su identidad en la etapa universalista que se avecina, deberá conformar y consolidar una arraigada cultura nacional. Resulta sumamente compleja la explicitación de las características que tal cultura debe atesorar; es evidente que no basta proclamar la necesidad de algo para que sea inteligible y realizable. Mucho se ha dicho sobre la cultura nacional, pero poco se ha especificado sobre su contenido. Está claro que en cuanto se plantea la posibilidad de una cultura propia surge de inmediato la forzosa referencia a fuentes culturales exteriores. Ya he desestimado la posibilidad de que la ideología y los valores culturales de las grandes potencias puedan constituir un abrevadero fértil para nuestra patria. En la gestación histórica del hombre argentino confluyen distintas raíces: la europea, por un lado, y los diferentes grupos étnicos americanos, por el otro.
Esto es trivial por lo evidente, pero no son tan claras sus consecuencias. Creo haberme referido con la suficiente extensión a la indudable especificidad del hombre argentino, que no consiste en una síntesis opaca sino en una nítida identidad que resulta de su peculiar situación histórica y su adherencia al destino de su tierra. ¿Sucede lo mismo con su cultura? ¿O, acaso, la herencia europea ha sellado definitivamente la cultura argentina?
Pienso que, en este caso, es artificial establecer una distinción entre el hombre
y la cultura que de él emana, pues la misma historicidad del hombre argentino impone una particular esencia a su cultura. Pero este carácter de «propia» de la cultura argentina se ha evidenciado más en la cultura popular que en la cultura académica, tal vez porque un intelectual puede separarse de su destino histórico por un esfuerzo de abstracción, pero el resto del pueblo no puede —ni quiere— renunciar a su historia y a los valores y principios que él mismo ha hecho germinar en su transcurso.
La cultura académica ha avanzado por sendas no tan claras. A la mencionada influencia de las grandes potencias debemos agregar el aporte poderoso de la herencia cultural europea. No tiene sentido negar este aporte en la gestación de
nuestra cultura, pero tampoco tiene sentido cristalizarse en él.
La historia grande de Latinoamérica, de la que formamos parte, exige a los argentinos que vuelvan ya los ojos a su patria, que dejen de solicitar servilmente la aprobación del europeo cada vez que se crea una obra de arte o se concibe una teoría. La prudencia debe guiar a nuestra cultura en este caso; se trata de guardar una inteligente distancia respecto de los dos extremos peligrosos en lo que se refiere a la conexión con la cultura europea: caer en un europeísmo libresco o en un chauvinismo ingenuo que elimine «por decreto» todo lo que venga de Europa en el terreno cultural.
Creo haber sido claro al rechazar de plano la primera posibilidad. Respecto de la segunda, es necesario comprender que la cultura europea ha fundado principios y valores de real resonancia espiritual a través de la ciencia, la filosofía y el arte. No podemos negar la riqueza de algunos de esos valores frente al materialismo de las grandes potencias, ni podemos dejar de admitir que, en alguna medida, han contribuido —en tanto perfilen principios universales— a definir nuestros valores nacionales. Pero es hora de comprender que ya ha pasado el momento de la síntesis, y debemos —sin cercenar nuestra herencia— consolidar una cultura nacional firme y proyectada al porvenir. Europa insinúa ya, en su cultura, las evidencias del crepúsculo de su proyecto histórico. Argentina comienza, por fin, a transitar el suyo.
La gestación de nuestra cultura nacional resultará de una herencia tanto europea como específicamente americana, pues no hay cultura que se constituya desde la nada, pero deberá tomar centralmente en cuenta los valores que emanan de la historia específica e irreductible de nuestra patria. Muchos de tales valores se han concretado en la cultura popular que, como todo lo que proviene de la libre creación del pueblo, no puede menos que ser verdadera. Dirigir nuestra mirada a esos valores intrínsecamente autóctonos no significa tampoco precipitarnos en un folklorismo chabacano, que nuestro pueblo no merece, sino lograr una integración creativa entre la cultura mal llamada «superior» y los principios más auténticos y profundos de esa inagotable vertiente creativa que es la cultura de un pueblo en búsqueda de su identidad y su destino.
Para alentar con optimismo la tarea de configuración de una cultura nacional, es necesario tomar en consideración tres instrumentos poderosos: los medios de comunicación masivos, la educación en todos sus niveles y la creatividad inmanente del pueblo.
Ya me he referido a los mecanismos de información de carácter masivo y sus riesgos. Me parece obvio insistir en la necesidad de que estén, cada vez más, al servicio de la verdad y no de la explotación comercial, de la formación y no del consumo, de la solidaridad social y no de la competencia egoísta. No debe olvidarse que la información nunca es aséptica, lleva consigo una interpretación
y una valoración; puede ser usada como un instrumento para despertar la conciencia moral o para destruirla.
Unas breves palabras sobre la educación, que deberá ser objeto de fértiles discusiones por la comunidad argentina en pleno.
Si bien cada nivel de la educación presenta problemas específicos, el denominador común que debe enfatizar nuestro Modelo Argentino es el acceso cada vez mayor del pueblo a la formación educativa en todos sus grados. El Estado deberá implementar los mecanismos idóneos al máximo, creando las condiciones para concretar este propósito, que es una exigencia ineludible para lograr una plena armonía de nuestra comunidad organizada.
Creo que nadie puede razonablemente poner en duda que nuestro objetivo en el campo de la educación primaria debe articularse en torno a dos principios: creciente eliminación del analfabetismo en todas las regiones del país, y establecimiento de las bases elementales de la formación física, psíquica y espiritual del niño. Este segundo principio implica que ya en la infancia deben sentarse los fundamentos para la conformación de un ciudadano sano, con firmes convicciones éticas y espirituales, y con la íntima intuición de su compromiso integral con el pasado, el presente y el futuro de la nación Esto debe incrementarse en la enseñanza media, donde es de una importancia decisiva fortalecer la conciencia nacional, para lo cual el adolescente está sin duda preparado afectiva y psicológicamente.
En la enseñanza superior debe cumplirse la última etapa de la formación del hombre como sujeto moral e intelectual, pero también como ciudadano argentino. Es por eso que en ella hacen eclosión las carencias o los logros de los niveles previos. En ella también debe culminar un objetivo que tiene que impregnar todos los niveles de la enseñanza: la inserción de las instituciones educativas en el seno de la comunidad organizada.
Repito casi textualmente lo que afirmé respecto de la familia: no puede concebirse a la universidad como separada de la comunidad, y es inadmisible que proponga fines ajenos o contrarios a los que asume la nación. No puede configurarse como una isla dentro de la comunidad, como fuente de interminables discusiones librescas No necesitamos teorizadores abstractos que confundan a un paisano argentino con un «mujik», sino intelectuales argentinos al servicio de la reconstrucción y liberación de su patria. Pero, por otra parte, el universitario que el país requiere debe tener una muy sólida formación académica, pues no basta utilizar la palabra «imperialismo» o «liberación» para instalarse en el nivel de exigencia intelectual que el camino de consolidación de la Argentina del futuro precisa.
Es por eso que convoco a los jóvenes universitarios a capacitarse seriamente para sumarse, cada vez más, la lucha por la constitución de una cultura nacional, instrumento fundamental para conquistar nuestra definitiva autonomía
y grandeza como nación. Para ello, deberán estar cerca del pueblo, que aporta el tercer elemento para la definición de la cultura nacional: su misteriosa creatividad, que lo convierte —además— en testigo insobornable. Testigo al que hay que escuchar con humildad, antes que intentar imponerle contenidos que él no reconoce como constitutivos de su ser y enraizados en la estructura íntima de su extensa patria grávida de futuro».

 

El presente texto es copia textual del capítulo correspondiente a la cultura en el "Proyecto Argentino para el modelo nacional" que se encuentra en la Biblioteca del Congreso.