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 Antonio Cruz 1

 

 

 

    

El oficio de escribir en el tercer milenio

Por Antonio Cruz*

Debe resultar curioso que un médico se atreva a ofrecer opiniones acerca  del arte de escribir pero, afortunadamente, la vida me ha brindado la oportunidad de que, además de ejercer mi antigua profesión, pueda escribir, publicar mis textos y hasta investigar con todo el rigor que me permitan mis conocimientos. Así que de eso se trata: de reflexionar sobre el arte de escribir, reconociendo que mi formación no es académica sino empírica. De cualquier manera, hay antecedentes y creo que son valiosos; sin pretender ponerme a su altura y mucho menos compararme con ellos, quiero recordar que en Santiago del Estero existieron médicos escritores como el friense Eliseo Fringes, el añatuyense Vicente Oddo y el santiagueño Orestes Di Lullo, por nombrar a algunos. 

La primera disquisición es si el arte de escribir ha sufrido cambios o no en estos últimos veinte años. ¿Han influido Internet y las redes sociales en la producción literaria en estos tiempos?

Stephen Adams, escribió en 2009 en el diario Telegraph de Londres en un artículo que lleva por título “Internet 'is causing poetry boom'”:

«Poetry, one of mankind's oldest art forms, is enjoying a resurgence due to the internet, according to the writers themselves. (La poesía, una de las formas más antiguas del arte, disfruta de un resurgimiento gracias a Internet)» (Adams, 2009).

Por su parte, el catedrático español Joaquín María Aguirre, del Departamento de Filología Española III de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, sostiene que «uno de los campos culturales más desarrollados en la WWW es el de la literatura». Según explica, la WWW es, en esencia, un sistema que está destinado a la publicación de toda clase de información y los textos que proporciona la literatura son los que más se adaptan a esta nueva forma de lectura por su autonomía, su sencillez, su producción harto más económica y la velocidad de acceso en oposición al habitual material que nos brinda la producción impresa, por lo que resulta natural la multiplicación de páginas dedicadas a todos los aspectos de la literatura (producción de textos, crítica, investigación, etc.). Para el catedrático mencionado, «Internet es un medio artesanal y aficionado… que permite ser a la vez autor, editor, distribuidor y librero»[1].

En mi caso particular, no tengo dudas de que el oficio de escritor se ha visto modificado (en cualquiera de los géneros que analicemos) desde la aparición de Internet y el advenimiento de las redes sociales que  irrumpieron en el año 2004 y que hasta hoy se mantienen vigentes. He notado que muchos autores demonizan a internet por su interferencia en los mecanismos sociológicos de comunicación a los que estábamos habituados, como el caso de la lectura, pero es menester decir que, si bien los riesgos del abuso de la red son inconmensurables, la verdadera utilidad del sistema dependerá de la concepción de quienes la usan.

Es verdad que Internet es un arma peligrosa y un territorio que se presta a múltiples transgresiones. Su lenguaje dista mucho de ser el ideal de acuerdo a las tradicionales normas (el propio Calvino anticipa una “peste” del lenguaje que se ha vuelto vago, impreciso y vacío de contenido, lo que, según sostiene, se debe a la pérdida de forma de la vida y a un extendido abandono de la espiritualidad) pero también es cierto que los medios en general y en particular los periódicos y sobre todo la televisión han variado la forma de expresarse, lo que indudablemente contribuye a una mayor confusión.

«Azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, es decir, el uso de la palabra; una peste del lenguaje que se manifiesta como una pérdida de fuerza cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con nuevas circunstancias». (Calvino, 1989)

Hay una nueva forma de escritura y de lectura. Por un lado, el   lenguaje del escritor (generalmente) es más fragmentario, más breve y, hasta si se quiere,  más incompleto, ya que muchos textos se limitan solamente a dejar  algunas señales o pistas para que el lector complete el sentido de lo escrito, de donde se derivan, naturalmente, múltiples lecturas (algo muy marcado por ejemplo en Twitter, donde los textos están limitados a ciento cuarenta caracteres). En este punto, creo necesario mencionar que la ultrabrevedad literaria (minimalismo en definitiva) no es patrimonio de los tiempos que corren. Como un simple botón de muestra quiero mencionar al haiku (y otras formas poéticas breves), la minificción que tiene lejanos antecedentes como la literatura china (por ejemplo, “El bosque de la risa” de Feng Meng Liu y otros autores que data del siglo XV y XVI, durante la dinastía Ming), la escritura lapidaria, los aforismos y hasta muchos proverbios. También debemos considerar las nuevas formas de lectura ya que la lectura en pantalla es absolutamente diferente a la lectura en el libro real. A modo de simple observación puedo afirmar que ambas formas tienen ventajas y desventajas. En el caso del papel, la comodidad de marcar las hojas, poner señales, elegir el momento adecuado y otras como por ejemplo ese acto ritual de sostener un libro en las manos, olerlo y acariciarlo como si fuera un ser vivo. Contrario sensu, la lectura en pantalla, supone los atributos de la rapidez y la lectura fragmentaria a través de las diferentes páginas o sitios Web que nos sirven casi como un inmenso diccionario (no solamente de conceptos, definiciones o sinónimos sino con una variada información acerca de cualquier tema) que está accesible a un simple click. (a quienes les interese el tema los remito a una nota de mi autoría publicada por este mismo diario en 2013: “Acerca de la lectura en el tercer milenio”)[2]

La segunda cuestión alude a las características conceptuales de lo que se escribe en estos tiempos. En este campo también hay mucha polémica. Por un lado están quienes reniegan de los atributos artísticos de alguna literatura contemporánea, como por ejemplo la bloguera mexicana Avelina Lésper, quien, desde su sitio Web,  cuestiona múltiples aspectos no solamente de la palabra escrita sino del arte contemporáneo en general, tema sobre el que trata su libro “El fraude del arte contemporáneo”[3] mientras que en el polo opuesto hay quienes defienden las nuevas formas que han transformado el lenguaje literario actual como el peruano Rony Vásquez Guevara quien en su libro “El último dinosaurio vivo” (2016) se atreve a hablar de twitteratura con sólidos y bien fundados argumentos. La revista de Cultura Tardes Amarillas, publicó un fragmento de su libro donde habla del tema[4].

Probablemente por mi afición al minimalismo (que data desde antes de la existencia de las redes, cuando la Web 2.0 era la reina y yo comenzaba mi trayectoria literaria) y teniendo en cuenta que soy usuario de los espacios sociales virtuales más populares como son Facebook y Twitter, coincido más con Vásquez Guevara que con Lésper, aunque debo reconocer que no todo lo que se publica es literatura. Hay muchos textos de dudosa estirpe literaria y hay que saber diferenciar bien la paja del trigo. Así como he leído muy buena poesía, a veces, me he llevado chascos con supuestos escritores que no aportan nada a la literatura (y, probablemente, yo mismo no aporte demasiado pero eso es harina de otro costal). Por las dudas, quien esté interesado en profundizar el tema puede leer lo que dicen Alejandro Gamero[5] o Cecilia Eudave quien aborda el tema de “Uso y abuso de las redes sociales” en una nota que escribiera A. Prado para el sitio Web Información. es[6]

En tercer y último tema que quiero abordar (hay más cuestiones pero el espacio periodístico es tirano y tampoco quiero aburrir a los lectores) es acerca de los talleres literarios. ¿Son útiles? ¿Sirven para algo? ¿Qué requisitos deben reunir para resultar eficaces? Alguien (no recuerdo bien) dijo hace muchos años «Escribir bien es un arte reservado a unos pocos». Yo no creo que eso sea una verdad de perogrullo pero tampoco me parece que sea un dogma. Si bien, tengo la convicción de que el talento es necesario, creo que también son necesarios el trabajo y la constancia.

Lo primero que se necesita es ser un buen lector. Conozco más de un escritor (inclusive algunos con publicaciones no solo en las redes sino también en formato tradicional en papel) que, lamentablemente no son buenos lectores. De cualquier manera esto no es otra cosa que una especulación mía (a partir de la cotidianidad que se vive en las redes). Mi opinión siempre estará condicionada por mi propia historia. En este sentido, los talleres y/o grupos de lectura resultan una herramienta inestimable. También tienen otras ventajas. Cuando daba mis primeros pasos como escritor, tuve la suerte de asistir al ya mítico taller de lectoescritura “Abrapalabra” que coordinaba la Dra. Adriana del Vitto. A pesar de ser un lector tenaz y perseverante, allí aprendí a leer de otra manera, con más método y con una mirada más madura. También pude adquirir nuevas destrezas para escribir; a partir de esa experiencia supe lo que era una “frase disparadora”, aprendí gramática de nuevo, cultivé mi ortografía y además conquisté nuevas destrezas, como la corrección y la reescritura, que me permitieron mejorar mi escritura. Pero en este punto, también resulta menester advertir que NO todos los talleres literarios tienen esta valía. Han proliferado en las redes numerosos talleres virtuales y presenciales. Si estamos dispuestos a concurrir a uno, hay que averiguar bien acerca de la formación y la pericia de quien lo imparte o coordina. Tengo la convicción de que, quienes no tienen cierta formación pedagógica no están en condiciones de dictar talleres que resulten benéficos a menos que ocurra un milagro.

«Es importante saber transmitir este complejo conocimiento a las personas que generan escritos, ya sea con fines literarios como en el entramado empresarial o estudiantil. Estos procedimientos serían en vano si el ‘escriba’ no se toma la molestia de leer y releer la obra, así podrá encontrar impedimentos para la óptima apreciación del mensaje por parte de su público.» (Sin firma en Lecturízate, 2015)

reza un artículo publicado en el sitio Web Lecturízate.

En definitiva, en estos tiempos convulsos del tercer milenio, si bien la literatura ha plantado bandera en las redes a través de millones de escritores, debemos reconocer que, como disciplina, como arte o como simple elemento lúdico no está ajena a la confusión que se genera en las redes alrededor de cualquier  tema ya sea en las artes o en la ciencia. No obstante, aunque no todo pueda ser considerado de valor artístico, cada persona tiene derecho a contar su historia y el resultado final, el éxito o el fracaso de una persona como escritor, será lo que opinen los críticos, los académicos pero por sobre todo,  el gran público que puebla esos espacios virtuales de manera cotidiana.

*Antonio Cruz: Escritor. Director de la revista Tardes Amarillas.

Este artículo fue publicado originalmente en el Diario El Liberal de Santiago del Estero (Ediciones en papel y virtual) el día 11 de junio de 2017

[1] Literatura en Internet. ¿Qué encontramos en la WWW? Joaquín Mª Aguirre Romero – 1997 -  http://www.ucm.es/info/especulo/numero6/lite_www.htm 

[2] Cruz, Antonio. Acerca de la lectura el tercer milenio , Diario El Liberal, ed. 25/08/ 2013 

 http://www.elliberal.com.ar/noticia/103570/acerca-lectura-tercer-milenio 

[4]Vásquez Guevara, Rony, “Sobre Twitter y la Literatura brevísima”, Revista de Cultura Tardes Amarillas 

[5]Gamero Alejandro, El nuevo género de la twiteratura, en La piedra de Sísifo, http://lapiedradesisifo.com/2012/12/07/el-nuevo-g%C3%A9nero-de-la-twitteratura/

[6]Prado A. “Una mirada literaria a  las redes sociales, Información.com, http://www.diarioinformacion.com/cultura/2016/03/16/mirada-literaria-redes-sociales/1739404.html