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El ombligo de piedra

 

 

   EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

El do-re-mi de Pitágoras

 

Es difícil dar con alguien totalmente indiferente a la música. Si consideramos que la música es mucha y muy variada, algo en ella, por mínimo que sea, roza en algún momento inclusive a los espíritus más reacios.
La música es un bien de la humanidad que a todos nos atañe, ya que para gustar de ella no es necesario tener conocimientos específicos y ni siquiera se necesita el talento de la afinación para escucharla y dejarla que conmocione alguna parte de nuestra persona. Que cuanto más conocimiento tengamos al respecto más gustaremos de ella es una gran verdad, pero eso, como todo, es aplicable a muchas disciplinas tan dispares como literatura y mineralogía, pintura y enología, cinematografía y física cuántica. El conocimiento nunca está de más, aunque no siempre sea necesario.

Hay quienes no pueden (hay quienes no podemos) vivir sin música; es que ella fue ocupando los lugares que le correspondían, fue acompañando cada momento (bueno o malo) de la vida, fue expresando los sentimientos (individuales o colectivos) de quienes le abrieron algo más que sus oídos. Música hay y para todos los gustos: sencilla o complicada, visceral o banal, morosa o rítimica, espiritual o funcional. Además, y esto está muy extendido a nivel popular, la literatura (también buena o mala) se ha combinado con ella y ha generado el fenómeno social de la canción. Un poema (una letra) puede conmover, pero acompañado de música posiblemente conmoverá más. Es una aseveración discutible, pero al haberse generalizado ya tiene peso e identidad. Además, los antiguos griegos (lira en mano y poesía en ristre) defendían aquello de que los versos eran para ser cantados.
En la escuela aprendimos que «música es el arte de combinar los sonidos y el tiempo», definición que repetimos como autómatas sin detenernos a pensar en los componentes del enunciado. Pero si recapacitando sobre ello ahora reparamos en el verbo combinar y en el sustantivo tiempo terminaremos, casi sin querer, remontándonos al origen matemático de estos conceptos.
Para quienes no podemos vivir sin música, pero que a la vez hemos sufrido sobremanera el aprendizaje de las matemáticas, aceptar el cruce de estos caminos no es algo sencillo.
Marcar el uno-dos-tres uno-dos-tres del vals resulta casi un juego, por su sencillez. Igualmente simple, aunque no tan entretenido para quienes lo usan, es seguir el riguroso tic-tac del metrónomo que da el tiempo exacto a la hora de sentarse frente a un piano. Aprender que las notas que se escriben en las líneas del pentagrama musical (inventado por el papa Silvestre II) son mi, sol, si, re, fa y que las que van en los espacios son fa, la, do, mi, también parece un juego repetitivo. Que la música está formada por sonidos, que la duración de esos sonidos se cuenta por unidades, que cada medida comporta el mismo número de unidades y que se llama tiempo; ya, en teoría, aburre un poco. Pero allí recién comienza la cuestión, porque la duración de los sonidos está representada en el pentagrama por la forma de las notas: la redonda vale cuatro tiempos, dos la blanca, uno la negra, la mitad de uno la corchea, y así sucesivamente la semicorchea, la fusa y la semifusa. Esto, para alguien que lee música, es elemental; algo así como el ABC de su disciplina. Para quien no lee música puede resultar excesivo y hasta contrario al placer de escuchar una melodía agradable o de seguir la letra de una canción. Así que mejor será no hablar del tresillo (aplicable a todas las notas) ni de los silencios ni del puntillo que aumenta en una mitad el valor tanto de la nota como del silencio.
Aaron Copland (compositor de los maravillosos ballets Rodeo, Billy the Kid, Salón México y Appalachian Spring, entre otros) dice en su libro Cómo escuchar la música: «si se quiere entender mejor la música, lo más importante que se puede hacer es escucharla» y ésta es una verdad universal, como que nada es mejor para entender una obra literaria que leerla, o mirar un cuadro o una fotografía para formarnos una idea de ellos. Por supuesto que alguien que tenga mayor información con respecto a la música tendrá más posibilidades de gozar con algunas particularidades que a otros les pasarían desapercibidas. Escuchamos algo y en un primer momento nos llama la atención la melodía, luego el ritmo (ahora se piensa más en el ritmo que en la melodía, quizá por la falta de un trabajo serio por parte de los compositores de música popular) y recién después reparamos en la armonía y en el timbre, aunque estos dos puntos preocupan al compositor y no tanto al oyente lego. Pero ¿y las matemáticas?
La historia técnica de la música es imposible sin las matemáticas, como también es imposible agotar el tema y menos aún en esta columna. De cualquier manera es interesante recordar que una cuerda tensada al punto de producir 256 vibraciones por segundo produce un do. La misma cuerda cortada por la mitad vibra dos veces más rápido produciendo 512 vibraciones por segundo y emitiendo también un do (una octava más alta). Vuelta a cortar en dos, vibra 1.024 veces por segundo y siempre produciendo un do. Es una escala aritmética elemental y perfecta en la cual Pitágoras también tuvo mucho que ver y que hasta podría sugerirnos el enunciado de un teorema.
Será nuevamente Copland quien tenga la opinión más sensata: «es más importante para el oyente tener sensibilidad para el sonido musical que saber el número de vibraciones que lo producen. Esa clase de conocimiento es de reducido valor, aun para el compositor mismo», pero bien sabemos que no es la primera vez que en esta columna se habla de causas perdidas. Tampoco sugerimos una forma adecuada de escuchar música, sino que aconsejamos escucharla de la mejor manera posible. Lo de las matemáticas es sólo una curiosidad para quienes estamos enfrentados con su enseñanza desde siempre. Las tribus africanas, desde antiguo, han suplido la simpleza de sus melodías con la marcación del ritmo en sus instrumentos de percusión, complicándolo y enriqueciéndolo de manera casi imposible de descifrar. Los músicos occidentales y los europeos estudiosos del tema pudieron decodificar esa maravillosa maraña de sonidos gracias a las leyes aritméticas. El resultado es algo que agradecemos, aunque no sepamos la concatenación de los procedimientos seguidos. Es como la energía eléctrica; poco conocemos acerca de ella pero sabemos apreciar sus beneficios.
De ahí en más, si sol es el primero de los armónicos de do, o si en el teclado del piano la gama de do corresponde sólo a las teclas blancas, son tecnicismos reservados a los estudiosos. Nuestro oído, según la atención que pongamos en ello y la seriedad que le demos al tema, sabrá diferenciar entre Brahms y Albinoni, entre Jethro Tull y Focus, entre Gershwin y Ginastera, entre Gaspar Sanz y Carlos Chávez, entre Nyman y Shostakovich ¡todos tan diferentes! aunque los códigos matemáticos sean los mismos para la música de cada uno de ellos.

 

ROGELIO RAMOS SIGNESRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.